La Paradoja de la sobreprotección: Al protegerte, te vuelvo indefenso.

La Paradoja de la sobreprotección: Al protegerte, te vuelvo indefenso.

 El sufrimiento o la frustración son aspectos fundamentales en el desarrollo de los niños Al tratar de proteger a los hijos de toda dificultad y experiencia de dolor, corremos el riesgo de formar personas frágiles y poco generosas: la capacidad de amar corresponde, de hecho, a la capacidad de sufrir, y de sufrir juntos.paradoja1

La sobreprotección, ese afán por evitar que los hijos sufran cualquier daño físico o emocional por mínimo que sea, es algo que está muy presente en la sociedad actual. Es una clara desviación educacional provocada por el vínculo emocional que une de una manera especial a los padres con sus hijos. La educación es un arte y uno de sus retos más difíciles es saber hasta qué punto un padre puede meterse en la vida de un hijo, averiguar cuándo le debe prestar ayuda y cuándo dejar que sea él solo el que solucione situaciones. Dicho proceso es parte de crecer y lograr su autonomía. En todas las situaciones y circunstancias de la vida social vemos de manera permanente la actitud protectora de los padres.

Casi siempre con fines muy nobles, tratando de evitarle un sufrimiento o una sensación de fracaso que afecte a su autoestima. Esto ya supone un problema en sí mismo, que se acrecienta cuando los padres buscan culpables externos ante situaciones como un castigo, una reprimenda escrita del profesor, un examen con una nota baja, un conflicto con amigos etc., y eliminan de su hijo cualquier responsabilidad ante estos hechos. Aquí es donde tenemos el gran problema.

Cuando los padres, por evitar una sensación de fracaso o un sufrimiento, hacen a otros culpables de las faltas de su hijo, le eximen de cualquier tipo de responsabilidad ante unos hechos o situaciones. Con esto consiguen que no aprenda y no se forme en una cualidad; en una virtud o en un valor tan básico para su futuro como es la responsabilidad y el saber asumir las consecuencias de sus acciones: malas contestaciones, faltas de compañerismo, no haber estudiado lo suficiente ¿Y quiénes son esos culpables externos? Los más habituales son los amigos, los primos, la televisión… y, en el ámbito colegial, los profesores, en algunas ocasiones son los propios padres los que se auto inculpan y se responsabilizan de los errores de su hijo con tal de evitarle un disgusto o un posible trauma peor y más peligrosa por sus consecuencias es la situación en la que uno de los miembros del matrimonio culpa al otro, provocando un enfrentamiento que rompe o anula algo tan esencial para la educación de un hijo como es la unidad de criterio.

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Algunos efectos relacionados

  • Dependencia excesiva, consecuencia lógica, ya que se acostumbra al niño desde su infancia a hacer las cosas por él o a estar permanentemente a su lado. Esta dependencia le dirige hacia una inseguridad en sí mismo, una falta absoluta de confianza. Es decir, es esta dependencia, y no los malos resultados, la que ataca directamente a su autoestima, ya que considera desde sus primeros años que es incapaz de lograr nada por sí mismo.
  • Falta de iniciativa propia y un inadecuado desarrollo de la creatividad. Posiblemente desarrollará una incapacidad para asumir responsablemente las consecuencias de sus actos, ya que son sus padres, sus profesores, sus amigos u otros los que suelen asumirlas.
  • Incapacidad de asumir responsabilidades y en la necesidad de ocupar puestos de trabajo en los que sean dirigidos de manera clara por otro.
  • En la vida familiar, buscan como complemento para compartir su vida, hombres o mujeres con carácter que asuman totalmente el papel de autoridad y dirijan los rumbos del matrimonio

 

Como actuar

Dejar que nuestros hijos se enfrenten a las dificultades y a los problemas, para hallar la solución por sí mismos. Enseñarles, acompañarlos y apoyarlos para que lo logren.

 

Tratarles de acuerdo a su edad. Es decir, tienen que ser capaces de llevar a cabo las tareas propias de su edad. No debemos caer en el error de retrasar la exigencia

 

Ayudarles cuando lo necesiten, pero no solucionarles siempre los problemas. Deben aprender por sí mismos a buscar las soluciones o los apoyos necesarios.

 

Tiene que haber unos límites claros en casa, no se les debe dar todo lo que pidan. Deben aprender que las cosas requieren un esfuerzo para conseguirlas. Tenemos que ser conscientes de que los niños son insaciables. Cuando ya tienen lo que quieren fijan rápidamente su nuevo objetivo. Ya no les llena el móvil que les hemos comprado, ni el viaje a Venecia, ni el esfuerzo que hemos hecho una tarde por ir a jugar al tenis con ellos.

 

Todo pierde rápidamente su valor. Ser exigentes con las tareas a realizar en el hogar –hacer la cama desde pequeños, tener su cuarto ordenado…–, con el cumplimiento de un horario de estudio, de salidas con los amigos, del uso de tecnología, redes sociales y televisión.

 

Sobreprotección con consecuencias en la salud mental del futuro adulto

Pero las consecuencias negativas del exceso de protección de los hijos no acaban en la infancia o la adolescencia. Una persona que pasa por estas etapas de la vida tan importantes para el desarrollo personal sin apenas frustrarse, porque ha vivido sobreprotegida, puede sufrir mucho cuando se adentre en la vida adulta.

paradoja3Gordon Parker, psiquiatra de la Universidad de Nueva Gales del Sur (Australia), realizó una interesante investigación en la que relacionaba estos estilos educativos con los trastornos más habituales de los adultos. Observó que quienes sufrían problemas depresivos, neurosis de ansiedad o esquizofrenia y más recaían señalaban que sus padres habían sido muy sobreprotectores pero poco cuidadosos (vínculo de control sin afecto). En otro estudio, Stanley Rachman, psicólogo de la Universidad de British Columbia (Canadá), señaló que los pacientes con trastorno obsesivo compulsivo tenían a sus padres como sobreprotectores.

Quien toma el rol de “el fuerte” o “el salvador”, mira al otro, “el débil” o “la víctima”, desconfiando en su capacidad de resiliencia, de superación, de crecimiento,… Desde ahí, lo debilita, lo empequeñece. Es una forma de subestimar al otro y hacerlo sentir inferior e incapaz. Quien ofrece la sobreprotección, se coloca en una posición de superioridad: “Yo sí puedo, tú no puedes”, “Yo sé lo que tú necesitas, tú no”, “Yo estoy bien, tú estás mal”, “Tú me necesitas, yo a ti no”.

La pareja: La sobreprotección

Lo mismo ocurre con las parejas que tratan de resolver todo al otro y reducir el mundo a una relación. El objetivo es claro: convertirse en imprescindibles para el otro, crear la idea de que sin ellos no serían capaces de sobrevivir por sí mismos. Esto, es una gran proyección, ya que son aquellos que desempeñan el rol de salvador quienes tienen miedo a ser abandonados, a la soledad,… Son ellos mismos quienes creen que no podrían vivir sin su pareja y por miedo a la pérdida luchan por convertirse en imprescindibles para el otro.

En la gran mayoría de casos, no se es consciente de cómo estos roles (salvador/víctima) están condicionando como personas individuales y como pareja. Cuando alguien externo a ellos lo señala o sugiere, pueden sentirse ofendidos, pues quien hace de salvador no ve en sus actitudes más que “buenas intenciones” y quien hace de víctima se resiste a perder su posición de privilegio. Y, aunque, podemos escucharlos una y otra vez desde la queja, se resisten a abandonar sus lugares porque esto implicaría tomar la decisión de cambiar. Arriesgarse a tener una relación desde la libertad de elegir si estar o no. Otros, sin embargo, y habiendo llegado a una situación límite, optan por el cambio y se descubren uno al otro, regalándose una nueva forma de relación positiva y enriquecedora.

Recuperado de: http://www.consumer.es/web/es/salud/psicologia/2012/07/08/210768.php

http://casablan.org/portadaEscritos/Escritos-Arvo-Noviembre-2012-1Montessori.pdf

 

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